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¡No se lo lleven por favor, no se lo lleven! Señora tranquila, hemos venido para enterrar al muerto. ¡No por favor, no se lo lleven, no se lo lleven!, gritaba la mujer. Pero señora tranquila, ha llegado la hora de llevarnos al muerto. ¡No se lo lleven, no se lo lleven!, seguía gritando Hasta que uno de los sepultureros ya cansado le dijo: Bueno señora, ¿Por qué no deja que nos llevemos el muerto? Y ella le responde: ¡Es que es la primera vez que duerme en la casa! ¡Vamos a alquilar un carro fúnebre para llevarlo con decencia! Dice la esposa. ¡No creo que se deba gastar tanto dinero! Yo puedo llevarlo en la camioneta del vecino, si me la presta, dice el hijo del viejo moribundo. ¿Y por qué no lo llevamos al hombro? Pregunta el vecino, él casi no pesa nada. Por fin el moribundo reúne el resto de las fuerzas que le quedan, y dice: Si ustedes me ayudan a bajar, tal vez yo pueda llegar al cementerio por mi cuenta. ¡Que mala suerte! ¡Hoy no he salido! Al día siguiente iba y decía lo mismo: ¡Que mala suerte! ¡Hoy no he salido! Y así durante mucho tiempo. Al pasar los años ve el kiosquero que el tío no viene, y se dice a si mismo: ¡Vaya tela! ¡Toda la vida comprando el periódico, y para una vez que sale no lo compra!
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